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Biodanza Cecilia Vera

Biodanza

Danza de la Vida

La base conceptual de Biodanza proviene de una meditación sobre la vida, del deseo de renacer de nuestros gestos despedazados, de nuestra vacía y estéril estructura de represión. Podríamos decirlo con certeza: Biodanza es la nostalgia de amor.

El primer conocimiento del mundo, anterior a la palabra, es el conocimiento del movimiento. La danza es, por lo tanto, un modo de ser-en-el-mundo, es ‘la expresión de la unidad orgánica de la especie humana con el universo’. Esta noción de la danza, como cenestesia integrativa, es muy antigua y tiene, a través de la historia, numerosas expresiones culturales, tales como las danzas primitivas, las danzas órficas, las ceremonias tántricas o las danzas giratorias del sufismo.

El poeta Jala-od- Din Rumi (siglo XIII) exclamaba:

“¡Oh día, levántate… los átomos danzan, las almas, arrebatadas de éxtasis, danzan, la bóveda celeste, a causa de ese Ser, la danza. Te diré al oído hacia dónde conduce su danza: todos los átomos que hay en el aire y en el desierto -compréndelo bien- están enamorados como nosotros y cada uno de ellos, feliz o desdichado, se encuentra deslumbrado por el sol del alma incondicionada.”

Una sesión de Biodanza es una invitación a participar en la danza cósmica, de la que habla el poeta sufí. Esta afirmación tal vez resulte sorprendente dentro del melancólico panorama socio-político de nuestro tiempo. En un mundo como el nuestro, de hambre, genocidio, tortura, delación y abandono infinito ¿cómo es posible ponerse a bailar? A primera vista parece una inconsecuencia. Sin embargo, mi propuesta no consiste sólo en danzar, sino en activar, mediante ciertas danzas, potenciales afectivos y de comunicación que nos conecten con nosotros mismos, con el semejante y con la naturaleza. Más ¿cómo podríamos cambiar el mundo sin cambiar nosotros mismos?

La transformación mediante Biodanza no es una mera reformulación de valores, sino una verdadera transculturación, un aprendizaje afectivo, una modificación límbico-hipotalámica.

La deformidad del espíritu occidental culminó durante este siglo con los más grandes atentados contra la vida humana que conoce la historia. La patología del ego ha sido reforzada hasta extremos jamás alcanzados antes. Para sustentarla están las instituciones estatales, las ideologías políticas y educacionales. Aún más, muchos de los intelectuales y pensadores de nuestra época colaboran en este vasto proceso de traición a la vida. Nuestra acción es, por lo tanto, una abierta trasgresión a los valores de la cultura contemporánea, a las consignas de alienación de la sociedad de consumo y a las ideologías totalitarias.

El fracaso de las revoluciones sociales se debe a que las personas que las promueven no han realizado, en sí mismas, el proceso evolutivo. Las transformaciones sociales sólo pueden tener éxito a partir de la salud y no de la neurosis o del resentimiento. De otro modo, los cambios sociales sólo sustituirán una patología por otra.

Biodanza propone restaurar en las personas -masivamente- la vinculación originaria con la especie como totalidad biológica. Este punto de partida es indispensable para la supervivencia.

Biodanza tiene su inspiración en los orígenes más primitivos de la danza. Es importante aclarar que la danza, en un sentido originario, es movimiento vivencial. Muchas personas asocian la danza al espectáculo de ‘ballet’. Esta es una visión formal de la danza. La danza es un movimiento profundo que surge de lo más entrañable del ser humano. Es movimiento de vida, ritmo biológico, ritmo del corazón y de la respiración, impulso de vinculación a la especie, movimiento de intimidad.

Propongo una danza orgánica que responda a los padrones de movimiento que originan la vida. Hemos buscado esa coherencia y la hemos encontrado. Movimientos capaces de incorporar entropía negativa, posiciones generatrices, armonía musical entre los seres vivos, resonancia profunda con el micro y macro cosmos. Nuestro propósito es dilucidar esas pautas de movimiento para la vinculación real. Solamente si nuestros movimientos restauran su sentido vinculante, lograremos renacer del caos obsceno de nuestra época. Participamos así de una visión diferente, buscamos acceso a un nuevo modo de vivir, despertando nuestra dormida sensibilidad.

Estamos demasiado solos al interior de un caos colectivista. Hay un modo de estar ausente con toda nuestra presencia. En el acto de no mirar, no escuchar y no tocar al otro, lo despojamos sutilmente de su identidad. No reconocemos en él a una persona: estamos con él, pero lo ignoramos. Esta descalificación -consciente o inconsciente- tiene un sentido pavoroso que involucra todas las patologías del ego. Celebrar la presencia del otro, exaltarla en el encanto esencial del encuentro es, tal vez, la única posibilidad saludable.

La ternura: cualidad de una presencia que concede presencia.

Lo que necesitamos para vivir es un sentimiento de intimidad, de trascendencia, de vinculación gozosa y de estimulante dicha. En esas necesidades naturales hemos puesto nuestros objetivos. Sabemos que la consistencia existencial no puede provenir de una ideología, sino de las vivencias en acción. Nuestra finalidad es activar, a través de la danza y ejercicios de comunicación en grupo, profundas vivencias armonizadoras.

Vivencia es una experiencia vivida, con gran intensidad, por un individuo, en un lapso de tiempo ‘aquí-ahora’ y que produce efectos emocionales, cenestésicos y viscerales; es la sensación intensa de estar vivo ‘aquí y ahora’. Es la intuición del instante de vida. Las vivencias son una puerta, a través de la cual penetramos en el puro espacio del ser, donde el tiempo deja de existir y donde somos nosotros aquí y ahora, para siempre.

© Copyright by Rolando Toro Araneda

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